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miércoles, 25 de enero de 2017

NIÑOS MIMADOS, ADULTOS DÉBILES



Este es el título de un interesante artículo publicado recientemente en el periódico El mundo. Este texto nos plantea una seria reflexión sobre la educación que estamos dando a nuestros hijos.

Espero que os resulte interesante.  



http://www.elmundo.es/papel/todologia/2017/01/11/5874d407268e3e6f3a8b45bc.html

miércoles, 9 de marzo de 2016

¿CÓMO AFECTA WHATSAPP AL DESARROLLO DE NUESTROS HIJOS?

¿Cuándo fue la última vez que nuestros hijos estuvieron un día entero sin utilizar el Whatsapp? Esta herramienta de mensajería se ha convertido en su aplicación favorita e inseparable; sin embargo, ¿somos conscientes de que genera problemas de dependencia y control hacia su entorno?, por no mencionar su negativa repercusión en sus estudios, fomentando la  distracción y la falta de concentración.

Adolescentes y adultos utilizan cada día más las nuevas tecnologías porque les gustan, les sorprenden. Lo extraño sería no usarlas, ya que facilitan la comunicación con el mundo. Sin embargo, el abuso de estas tecnologías, como por ejemplo el Whatsapp, puede terminar causándonos problemas personales, de pareja, sociales, dificultades de estudio. Dafné Salamé Palencia, Psicóloga Sanitaria, nos proporciona información sobre las repercusiones de esta herramienta y las medidas que podemos tomar desde nuestros hogares.

1-  Obsesionados con la respuesta inmediata. Con la última función incorporada a esta aplicación, verificar si tu mensaje enviado ha sido leído por el destinatario, aumenta su uso irracional y como medio de control hacia los demás. A todos nos suena la típica frase: «No me contesta y lo ha leído». No es bueno que los chicos se acostumbren a una respuesta inmediata, dejándose llevar por la impaciencia. Enseñarles a ser más pausados enriquece mucho más que vivir obsesionado con los minutos y segundos.

2-      Los gestos, el tono de voz, la mirada... En ocasiones, la situación se descontrola y acaba acarreando problemas obsesivos, adición, ansiedad, depresión... Hasta el punto de no comprender comportamientos de los demás, que terminan provocando conflictos sociales, amorosos o malentendidos por sacar conclusiones apresuradas, debido a que la aplicación nos limita al mensaje escrito, perdiendo elementos claves de la comunicación –gestos, tono de voz, mirada...–. Es muy importante saber discernir cuándo debemos parar, cortar, una conversación ‘online’ para mantenerla en persona.

3- Controlados y controladores. Paradójicamente, a los adolescentes no les gusta ser controlados por los padres, sin embargo, les encanta controlar a sus amigos o parejas. Esta costumbre de control no es positiva ni para el ‘controlador’ ni para el ‘controlado’.

4-  Distracción y bajo rendimiento escolar. Ni que decir tiene que Whatsapp se está convirtiendo en un obstáculo ante los resultados académicos de nuestros hijos. Es uno de los principales motivos de distracción en los estudios y del bajo rendimiento escolar, sin comentar su uso en los centros educativos durante horario escolar. Ser estrictos en el momento de estudiar es clave: los chavales deben dejar el teléfono móvil fuera de la habitación y limitar su uso a los descansos.

5-      Los padres, siempre atentos y precavidos. Como ante toda información que viaja por la Red, debemos ser precavidos. Internet no siempre es lugar seguro; debemos hacerles comprender a nuestros hijos que no todas las apariencias son reales y que debemos cuidar lo que se intercambia y se publica por su seguridad y privacidad propia. Hay que permanecer muy atentos, nuestros hijos pueden estar sufriendo ‘ciberbulling’ (acoso en la Red) de forma camuflada y difundiendo determinados mensajes peligrosos para su seguridad.


6-   Por un uso racional y responsable. Evidentemente, no podemos transmitir a nuestros hijos que la tecnología en su globalidad es perjudicial para los estudios o las relaciones sociales; pero sí debemos aprender y saber educarlos en su buen uso, sobre todo, en estos tiempos que corren, que exigen a los jóvenes estar presentes en las redes para su propio desarrollo personal y profesional.








sábado, 13 de febrero de 2016

CEREBRO DE PLASTILINA


 

No importa qué te haya pasado en la vida o qué genes te hayan tocado; la forma en que usas tus pensamientos, puede modificar la estructura y anatomía de tu cerebro.

E. Bachrach

Las últimas investigaciones en neurociencia nos hablan de la gran plasticidad de nuestra mente. El cerebro humano es lo más parecido a un trozo de plastilina; un cúmulo de conexiones neuronales totalmente moldeables en función del uso que hagamos de nuestros pensamientos, emociones y sentimientos.

Está demostrado científicamente que si usamos más el pensamiento negativo aumenta el riego sanguíneo en el neocórtex derecho. Si, por el contrario, practicamos más el optimismo, es el neocórtex izquierdo el que aumenta su funcionamiento. Pero, ¿quién decide qué parte del cerebro queremos desarrollar más? Única y exclusivamente nosotros.

Es vital conocer la naturaleza de la mente y ser conscientes de que podemos elegir, en definitiva, cómo queremos ir por la vida y cómo queremos que lo hagan nuestros hijos.  ¿Cómo? A través del entrenamiento. Al igual que los músculos del cuerpo humano, el cerebro a base de  práctica, puede aprender una manera diferente de funcionar.

Quizá no somos conscientes de lo mucho que influye en los niños la manera de pensar que tienen los adultos. Muchas veces lanzamos sin darnos cuenta mensajes negativos sobre cualquier situación que los niños recogen e interiorizan. Si cambiamos estos mensajes, podremos modificar los pensamientos de nuestros pequeños:

“Ponte a estudiar el examen”                                     “Prepara el examen y así podrás demostrar todo lo que sabes.”
“Otra vez lloviendo”                                                                         “Genial, podemos buscar esta tarde el arcoíris”
”Otra vez un atasco”                                                “Chicos podemos a aprovechar el atasco para contarnos cosas”
“No me gusta que te portes mal”                                           “Me gusta mucho estar contigo cuando te portas bien”
“Me pones nervioso cuando haces….”                                                                   “Me haces feliz cuando haces….”
“Tienes muchos deberes, date prisa”                                      “Con tantos deberes puedes enseñarme todo lo que                                                                                                                                                       has aprendido.
” ¿Qué chapucería es esa?”                                                    “Si lo intentas más despacito lo puedes hacer mejor.”
“No está mal”                                                                                                                  “Estoy orgulloso de ti.”
"Me preocupo por ti"                                                                                                                       "Te quiero."


Cada día está lleno de vivencias para poder “entrenar” un pensamiento abierto y positivo que haga “callo” en la mente de nuestros hijos  para que su cerebro se vaya modelando hacia una forma de vivir en la que, en lugar de obstáculos, perciban  oportunidades.

Transmitamos a los niños esta manera de pensar que supera lo “gris” de nuestros días para que aprendan a buscar en cada circunstancia de la vida los colores que tiene.
Ésta es la mejor lección que podemos dejar a nuestros hijos.

Hagamos de los niños personas poderosas mentalmente y alcanzarán más fácilmente la felicidad.
Marta Albás López
Orientadora Educación Infantil y Primaria.

martes, 1 de diciembre de 2015

Mi hijo/a está muy adolescente, ¿Qué puedo hacer?


La rebeldía es una de las señas de identidad de la adolescencia. Esa característica de enfrentarse a todo y a todos puede tener aspectos positivos para la vida de nuestros hijos adolescentes, si sabemos encauzarla bien. Pero, a la vez, esa necesidad que tienen de desafiar todas las normas establecidas provoca, con demasiada frecuencia, serios enfrentamientos con los padres. En el artículo que os proponemos esta semana, Mercedes Jiménez, psicopedagoga y maestra de Educación Especial, nos propone una serie de consejos que debemos de tener en cuenta desde el núcleo familiar. 


  1. Una etapa pasajera. Para empezar, debemos aprender a dejar pasar aquellos enfrentamientos menos importantes. Se trata de una etapa pasajera, y nuestros hijos cambiarán.

  1. Ante todo mucha calma. Es muy importante mantenernos serenos. Por mucho que los chavales se irriten y se enfaden, a los padres nos toca hacer el esfuerzo por mantener siempre la serenidad, la calma, para así poder transmitírsela a ellos.

  1. No hay que tener miedo. Debemos abandonar todos nuestros miedos: el miedo a hacerlo mal, el miedo a sentirnos culpables, a que más tarde nos puedan hacer reproches... Ellos necesitan normas. Muchas veces, los padres creemos que nuestros hijos han entendido perfectamente lo que les pedimos... y no es así. Por eso, las normas han de quedar muy claras y debemos ser firmes en su cumplimiento. La disciplina es fundamental para su desarrollo.

  1. Ellos necesitan normas, exactamente igual que cualquier sociedad necesita normas. Podemos explicárselo así, para asegurarnos de que también entienden que vamos a ser firmes, que las normas se ponen para cumplirlas y que cuando no se cumplen, esa actitud tiene consecuencias. Además, fijar límites en su comportamiento hace que se sientan emocionalmente seguros.

  1. ¡Fuera la improvisación! Los castigos no deben improvisarse en un momento de enfado. En esos instantes, los resultados pueden ser muy negativos. Es mucho más práctico que las sanciones por incumplir las normas, se dejen claras al mismo tiempo que se negocien las normas. Debemos buscar, además, castigos que sean efectivos y que les permitan entender la importancia de la regla que se han saltado.

  1. Mucha firmeza. Tenemos que ser firmes y asegurarnos de que se cumplen las sanciones. Si no lo hacemos así, las reglas dejan de tener valor y ellos pensarán que no siempre es importante cumplirlas.

  1. Con mucha sinceridad. Sincerarnos con los hijos, abrirles nuestro corazón, decirles que son lo que más queremos, que nos duele esta situación, que necesitamos que nos ayuden... funciona. Es el momento de recordar las buenas experiencias que vivimos juntos en la infancia y de explicarles que queremos reencontrar esa conexión.

  1. Primero, escuchar. Lo mejor que podemos hacer es limitarnos a escucharles, sin interrumpir y prestando toda nuestra atención a lo que nos dicen. Conviene que estemos en un lugar tranquilo y apagar la televisión. Cuantos menos consejos les demos, más consejos nos pedirán ellos. Los adolescentes no se comunican cuando se les ordena, sino cuando ellos quieren. Así que somos los padres los que debemos estar disponibles. Tenemos que interesarnos por sus cosas, pero sin interferir demasiado, y respetar su necesidad de privacidad, al tiempo que esta se refuerza al establecerse la confianza y cercanía emocional.

  1. Sin exagerar. Si ante un error o incumplimiento de las normas reaccionamos de manera desproporcionada, es muy posible que acabemos a gritos y con insultos de por medio. La rabia está para controlarla, aunque sin dejar de expresar nuestra preocupación. Lo mejor: preguntarles, lo más calmados posible, su opinión al respecto y, a partir de ahí, hablar de las diferencias.

  1. Las fortalezas. Fijándonos en las virtudes y puntos fuertes de nuestros hijos conseguiremos que mejore nuestra relación y así hacer frente a esa problemática específica. Y un último consejo: conviene huir siempre de los extremos demasiado autoritarios o indulgentes.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Límites que nuestros hijos nunca deben traspasar en la adolescencia


De todos es sabido que a día de hoy, es cada vez más usual ver un adolescente rebotado, faltando el respeto a sus padres….. pero, ¿nos hemos parado a pensar si en la forma de educar a nuestros/as hijos/as, tiene sitio el diálogo, la escucha o el debate para la toma de decisiones? Como respuesta a estas preguntas, Lucía Aparicio Moreno, pedagoga e investigadora en educación y adolescencia, nos facilita una serie de pautas  que os pueden ayudar a entender lo que sucede en ciertas etapas del crecimiento, en las que hay que saber reconocer determinadas  situaciones.

1.      Tener muy claros los límites que un hijo nunca puede sobrepasar.
La adolescencia es un período de transición, de cambio y, lo más importante, de aceptación. Cada persona es un mundo y, en ocasiones, esta etapa puede durar hasta pasados los 20 años. Muchas veces, los cambios que se producen no tienen nada que ver con el niño que teníamos ‘antes de’ y, para nuestra sorpresa, la convivencia se convierte en un sufrimiento tal, que acabamos por ceder a sus exigencias. Tenemos la sensación de estar ante
un tirano. Llegado este punto, la imposición de normas o el diálogo habrán llegado demasiado tarde. Ante las primeras faltas de respeto o ‘salidas de tono’, hay que poner freno.

2.      La adquisición de límites, aspecto importante a desarrollar.
A menudo, los adolescentes confunden la libertad con el hecho de tomarse la justicia por su mano, una situación muy repetida y difícil de sobrellevar. Es muy importante trabajar la convivencia y el día a día. Hay que hacerles entender que la libertad también es fruto de la no permisividad de los padres y de que estos no les den todas las facilidades que demandan. Para ello, es necesaria mucha paciencia e implicación por parte de los progenitores, pero beneficiará al hijo en el futuro.

3.      Bajo ningún concepto es permisible el insulto.
Es uno de los hechos más preocupantes y cada día más frecuente, por no hablar de la agresión física. Ante esto, tenemos que preguntarnos qué ha ocurrido hasta ahora para que nuestros hijos nos insulten; cómo hemos actuado con ellos; cómo ha sido nuestra relación hasta llegar a estos niveles de pérdida de respeto y qué grado de permisividad hemos ejercido los padres para llegar a un punto sin retorno. A un menor que comienza a insultar nunca se le debe dar oportunidad de réplica. Desde que se produce el primer insulto hay que tomar una actitud tajante y cortante, por mucho que los hijos recurran al chantaje emocional. Hay que recordar que el adolescente no es el adulto y que los roles deben estar bien definidos para evitar situaciones confusas. Además, el conflicto no siempre es algo negativo. A veces, una buena discusión puede sentar las
bases de una convivencia posterior que mejore con el tiempo.



4.      Organización y normas de convivencia, desde el principio.
Un menor de 11 o 12 años, e incluso más pequeño, jamás debe creerse con la autoridad y la verdad absolutas. Como tampoco puede ocurrir que un padre y su hijo se conviertan en aliados y se ‘rían las gracias’. Si esto ocurre, los roles se confunden. No se debe crear una relación de igual a igual, pues padres e hijos nunca estarán al mismo nivel. Con una buena organización y unas normas bien definidas y cumplidas con seriedad, la convivencia se resuelve más fácilmente y si hay faltas de respeto estas puede que se aplaquen y vayan desapareciendo. Lo que muchos adolescentes necesitan es un cambio que les ayude a centrarse. Una contestación que descoloque o que sea cortante, por supuesto sin abusar, puede acabar con muchos ‘humos subidos’.


5.      Buscar la conversación, pero nunca forzarla o tensarla.
Cuando los insultos se han convertido en la tónica general, nos encontramos ante un ‘gigante’ que puede generar problemas. En ocasiones, la situación puede solventarse intentando buscar el diálogo de forma distendida, pero sin forzarlo, cuando la situación comienza a complicarse con gritos o intento de agresión. No se trata de obtener una larga conversación, sino de encontrar la pregunta concreta y la que haga que el adolescente quiera terminar la conversación. Esa es la que le hará reflexionar.

6.      Reforzar lo positivo, no solo lo negativo.

Para que poco a poco el adolescente mejore su autoestima y tenga más autonomía, ya que lo necesita para su evolución y desarrollo como persona a la vez que sus hormonas se van relajando.

martes, 5 de noviembre de 2013


LOS CELOS INFANTILES

¿Qué son los celos infantiles?

Los celos infantiles son un estado emocional caracterizado por el miedo a perder el cariño o la atención de alguien importante para el niño. Se trata de una emoción natural en ciertas edades, como reacción a una realidad nueva para el pequeño y suelen evolucionar favorablemente.

¿Cómo actúa el niño cuando tiene celos?

Algunas de las reacciones más frecuentes son:

- Tristeza e infelicidad. Aparece el llanto más a menudo en situaciones en las que antes no aparecía.

- Negativismo. Suele responder con un "no" ante propuestas que antes aceptaba con naturalidad.

- Lenguaje infantil: Cuando los celos son debidos a la presencia del hermano pequeño, el niño puede adquirir un lenguaje en el que imite al hermano.

- Conductas infantiles: El hermano mayor suele adoptar conductas que ve en su hermano mayor para recibir mayor atención: sentarse en la sillita del pequeño,  chuparse el dedo, requerir el biberón o chupete de nuevo, etc.

- Desequilibrio en la alimentación. En algunas ocasiones, el niño pierde el apetito y se niega a probar alimentos que antes comía con normalidad.

- Alteración del sueño. El niño puede dormir peor y, en ocasiones solicitar dormir en la cama de sus padres.

- Alteraciones en el estado de ánimo. Esto sucede sin causa aparente.

- Conductas desafiantes. En algunas ocasiones los niños que sienten celos pueden mostrarse desafiantes ante sus padres o cuidadores. Pueden llegar a aislarse incluso de sus iguales.


¿Cómo podemos favorecer la desaparición de los celos infantiles en la familia?

Estos consejos que os presentamos a continuación ayudarán a evitar la aparición de los celos o a que estas reacciones emocionales se mantengan a lo largo del tiempo:

1. Evitar dar demasiada importancia a las conductas celosas de los niños. No reaccionar de manera exagerada.

2. Tratar con atención y cariño de manera equitativa a los niños. Sin excesivas muestras de cariño pero demostrando el amor y protección hacia ellos.

3. Fomentar la colaboración de los niños en la familia: haciendo recados, colaborando en las tareas de la casa, etc.

4. Favorecer que los niños jueguen juntos. De esta manera aprenderán a respetarse y a colaborar.  Si ellos no saber hacerlo por sí mismos, jugaremos con ellos para que la armonía entre ellos sea cada vez mayor.

5. Educar a los hijos en el control de sus emociones: tolerar pequeñas frustraciones, alegrarse por la felicidad de los demás, etc.

5. Respetar el espacio individual y de juego de cada uno de los hijos.

6. Fomentar un clima de tranquilidad y protección en la familia.

7. Cuidar mucho el respeto de las normas de la casa por parte de todos los hermanos.

8. Ayudar a los hijos a expresar sus sentimientos y emociones con libertad.

¿Qué conductas de los adultos debemos evitar?

Podremos ayudar a que los celos infantiles desaparezcan, si evitamos algunas de las conductas que enumeramos a continuación:

1. Evitar las comparaciones entre hermanos.

2. A no ser que exista una agresión, no tomar partido en los conflictos de los hermanos. Enseñarles a que ellos mismos solucionen sus problemas.

3. No excedernos en las atenciones a los pequeños para fomentar su autonomía.

4. Evitar recompensar al "chivato".

5. Eliminar de nuestro vocabulario las descalificaciones.

6. Equiparar los privilegios que reciben todos los hermanos sin hacer distinciones.

7. No reírnos, burlarnos o hacer comentarios irónicos ante conductas inapropiadas de los niños.

8. Evitar que el hermano mayor  asuma en todo momento el cuidado de los pequeños.

9. No fomentar la competitividad entre hermanos.

Si queréis profundizar más en el tema, encontraréis más información en el libro de Adele Faber "¡Jo, siempre él!.


Un saludo