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lunes, 16 de noviembre de 2015

Límites que nuestros hijos nunca deben traspasar en la adolescencia


De todos es sabido que a día de hoy, es cada vez más usual ver un adolescente rebotado, faltando el respeto a sus padres….. pero, ¿nos hemos parado a pensar si en la forma de educar a nuestros/as hijos/as, tiene sitio el diálogo, la escucha o el debate para la toma de decisiones? Como respuesta a estas preguntas, Lucía Aparicio Moreno, pedagoga e investigadora en educación y adolescencia, nos facilita una serie de pautas  que os pueden ayudar a entender lo que sucede en ciertas etapas del crecimiento, en las que hay que saber reconocer determinadas  situaciones.

1.      Tener muy claros los límites que un hijo nunca puede sobrepasar.
La adolescencia es un período de transición, de cambio y, lo más importante, de aceptación. Cada persona es un mundo y, en ocasiones, esta etapa puede durar hasta pasados los 20 años. Muchas veces, los cambios que se producen no tienen nada que ver con el niño que teníamos ‘antes de’ y, para nuestra sorpresa, la convivencia se convierte en un sufrimiento tal, que acabamos por ceder a sus exigencias. Tenemos la sensación de estar ante
un tirano. Llegado este punto, la imposición de normas o el diálogo habrán llegado demasiado tarde. Ante las primeras faltas de respeto o ‘salidas de tono’, hay que poner freno.

2.      La adquisición de límites, aspecto importante a desarrollar.
A menudo, los adolescentes confunden la libertad con el hecho de tomarse la justicia por su mano, una situación muy repetida y difícil de sobrellevar. Es muy importante trabajar la convivencia y el día a día. Hay que hacerles entender que la libertad también es fruto de la no permisividad de los padres y de que estos no les den todas las facilidades que demandan. Para ello, es necesaria mucha paciencia e implicación por parte de los progenitores, pero beneficiará al hijo en el futuro.

3.      Bajo ningún concepto es permisible el insulto.
Es uno de los hechos más preocupantes y cada día más frecuente, por no hablar de la agresión física. Ante esto, tenemos que preguntarnos qué ha ocurrido hasta ahora para que nuestros hijos nos insulten; cómo hemos actuado con ellos; cómo ha sido nuestra relación hasta llegar a estos niveles de pérdida de respeto y qué grado de permisividad hemos ejercido los padres para llegar a un punto sin retorno. A un menor que comienza a insultar nunca se le debe dar oportunidad de réplica. Desde que se produce el primer insulto hay que tomar una actitud tajante y cortante, por mucho que los hijos recurran al chantaje emocional. Hay que recordar que el adolescente no es el adulto y que los roles deben estar bien definidos para evitar situaciones confusas. Además, el conflicto no siempre es algo negativo. A veces, una buena discusión puede sentar las
bases de una convivencia posterior que mejore con el tiempo.



4.      Organización y normas de convivencia, desde el principio.
Un menor de 11 o 12 años, e incluso más pequeño, jamás debe creerse con la autoridad y la verdad absolutas. Como tampoco puede ocurrir que un padre y su hijo se conviertan en aliados y se ‘rían las gracias’. Si esto ocurre, los roles se confunden. No se debe crear una relación de igual a igual, pues padres e hijos nunca estarán al mismo nivel. Con una buena organización y unas normas bien definidas y cumplidas con seriedad, la convivencia se resuelve más fácilmente y si hay faltas de respeto estas puede que se aplaquen y vayan desapareciendo. Lo que muchos adolescentes necesitan es un cambio que les ayude a centrarse. Una contestación que descoloque o que sea cortante, por supuesto sin abusar, puede acabar con muchos ‘humos subidos’.


5.      Buscar la conversación, pero nunca forzarla o tensarla.
Cuando los insultos se han convertido en la tónica general, nos encontramos ante un ‘gigante’ que puede generar problemas. En ocasiones, la situación puede solventarse intentando buscar el diálogo de forma distendida, pero sin forzarlo, cuando la situación comienza a complicarse con gritos o intento de agresión. No se trata de obtener una larga conversación, sino de encontrar la pregunta concreta y la que haga que el adolescente quiera terminar la conversación. Esa es la que le hará reflexionar.

6.      Reforzar lo positivo, no solo lo negativo.

Para que poco a poco el adolescente mejore su autoestima y tenga más autonomía, ya que lo necesita para su evolución y desarrollo como persona a la vez que sus hormonas se van relajando.

miércoles, 15 de abril de 2015

PROGRAMA AULAS FELICES

Desde el curso pasado se está trabajando en el Colegio el programa Aulas Felices en todas las etapas (Infantil, Primaria y Secundaria) especialmente en los momentos dedicados a la educación en valores que se lleva a cabo en la hora extraescolar de los viernes.
Durante este curso 2014-2015, a través de diversas actividades adaptadas a las características y necesidades de los niños en dichas etapas educativas, se han trabajado las siguientes fortalezas personales:
-         La creatividad.
Esta fortaleza se encuentra dentro de la virtud Sabiduría y conocimiento (fortalezas cognitivas que implican la adquisición y uso del conocimiento). Relacionada directamente con la originalidad y el ingenio, favorece el pensamiento de nuevos y productivos modos de conceptualizar y hacer las cosas.
El desarrollo de la creatividad en las aulas supone cuestionarse qué tipo de pensamiento estamos potenciando en nuestros alumnos, y proponerse un equilibrio entre lo que se ha denominado pensamiento “convergente” (se activa cuando buscamos una respuesta concreta y única a la solución de un problema) y “divergente” (se pone en marcha cuando hay múltiples alternativas). Además del desarrollo del pensamiento divergente, otro de los aspectos clave para estimular la creatividad consiste en desterrar el tópico de que ésta se limita al ámbito de las artes. Al contrario, se han llevado a cabo actividades en las que se potencia la creatividad en todas las áreas del currículo.
-         La gratitud.
Se trata de una de las fortalezas que se corresponden con la virtud Trascendencia (fortalezas que forjan conexiones con la inmensidad del universo y proveen de significado a la vida). La gratitud consiste en ser consciente de agradecer las cosas buenas que nos suceden, es decir saber expresar agradecimiento. Esta gratitud puede ir dirigida a destinatarios muy diversos: personas, animales, seres no animados, Dios, la vida, etc. En las actividades propuestas se ha tratado de tener en cuenta todos estos posibles receptores de gratitud.
-         El autocontrol.
Forma parte de la virtud Moderación (fortalezas que nos protegen contra los excesos). Se trata de una fortaleza muy especial, ya que está implícita en todas las demás fortalezas. Desarrollar el autocontrol o la autorregulación es desarrollar la capacidad de regular los propios sentimientos y acciones, ser disciplinado, controlar los propios impulsos y emociones. Se refiere a la capacidad de gobernar nuestra propia vida, actuando de modo autónomo.
Con la implantación de este programa queremos hacer especial hincapié en el fomento de los aspectos positivos de los niños, contribuyendo notablemente a una educación integral que les ayude a desarrollarse personal y socialmente, potenciando su bienestar presente y futuro. Además de este modo se conseguirá estimular los cinco componentes básicos de la felicidad –emociones positivas, compromiso, significado, relaciones y logros-, que favorecerán su bienestar y aprendizajes.
Los aspectos relacionados con la autoestima, habilidades sociales y prevención de conflictos o situaciones de riesgo tienen una gran importancia en el desarrollo de los niños y por ello, desde el Colegio San Viator tratamos de fomentarlos del mismo modo que al desarrollo intelectual.

Es esencial destacar que la aplicación ideal del Programa Aulas Felices debería dirigirse a la comunidad educativa en su conjunto. Por ello, el trabajo colaborativo entre el centro educativo y las familias tiene una importancia capital.